La gran lección de la campaña electoral costarricense

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La gran lección de la campaña electoral costarricense

Alejandro Barrantes Requeno

El proceso electoral que acabamos de vivir nos deja una gran lección: las campañas exitosas son pasionales, no racionales. Aunque suene sencillo de entender, en la práctica es más difícil de lo que parece.

Vivimos en una sociedad hiper simplificada, donde la gente prefiere el resumen del resumen de las cosas y la imagen sobre las palabras, pero aun sabiendo esto, esperamos que el votante lea planes de gobierno, compare propuestas y evalúe resultados para tomar su decisión. La realidad nos demuestra que no lo hará ni tampoco definirá su posición sobre la base del análisis que hacen los expertos.

Decía Sartori en su libro Homo videns: la sociedad teledirigida, que la televisión ha jugado un rol fundamental en esta situación, al favorecer la emotivización de la política, reduciéndola a simples episodios emocionales y decapitando a las cabezas pensantes que razonan y discuten problemas (Sartori.1998. P. 115).

En este contexto que privilegia las formas sobre el fondo, la pasión y la emoción constituyen los vehículos que toma el elector para definir su apoyo. En nuestra coyuntura, la opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el matrimonio de personas del mismo sexo y lo que ha sido denominado como “ideología de género” se  convirtieron en causas para tirios y troyanos, direccionando el debate hacia el sí o no e invisibilizando temas como déficit fiscal, empleo, infraestructura o seguridad.

Más que cuestionar el proceder de la gente, los liberales debemos aprender a leer esa realidad: no podemos desear que el votante quiera lo mismo que nosotros. La economía, como ciencia de la acción humana, nos enseña que la oferta debe adecuarse a la demanda y, en ese sentido, lo procedente es buscar cómo adaptar nuestra estrategia política para tocar las fibras sensibles del elector.

Hoy, los sectores más academicistas siguen exigiendo planes de gobierno elaborados y nombres rimbombantes en el gabinete, mientras el mercado electoral indica otra cosa: el votante promedio simplemente quiere una causa con la cual “casarse”. Nuestra tarea titánica es comprender cuál es esa causa y ofrecerla a la demanda electoral. Parecerá una oda al populismo, pero no tiene por qué serlo: hay posturas serias y política y económicamente responsables que se pueden promocionar de forma atractiva para el electorado. No es fácil, se requiere creatividad, talento y, por qué no, hasta un poco de suerte. Pero así funciona el mercado.

Nos toca dejar de pensar que podemos ser “planificadores” de la agenda y de las preferencias del votante. No podemos pretender que ordene las prioridades tal cual nosotros lo hacemos ni que se preocupe de las mismas cosas y en igual magnitud.

La inminente desaparición del Movimiento Libertario y la intrascendencia electoral del Liberal Progresista demuestran nuestra incapacidad para posicionarnos como una opción viable para el electorado y nos obligan a replantear la estrategia. No pretendo desanimar a los que emprenden proyectos para impulsar nuestras ideas; al contrario, admiro el esfuerzo realizado pero creo necesario que adaptemos nuestro trabajo a la realidad de los números y los hechos. Solo así podremos tener influencia efectiva en las políticas públicas y cambiar las cosas.

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