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Comentarios acerca de algunas teorías del valor-trabajo y de la explotación (Parte I)

Por Jorge Corrales Quesada

Introducción

Un par de advertencias antes de iniciar mis comentarios en torno a las teorías del valor-trabajo y de la explotación de la mano de obra. El motivo ha sido la opinión de una persona amiga quien señaló que en Costa Rica la economía se caracterizaba por la explotación del factor trabajo y, sorprendentemente, hace dicha aseveración indicando que, en contraste con lo que sucede aquí, en la actualidad en Venezuela (año 2015) hay una economía más justa, indicando implícitamente que en este último país no existe o que ha disminuido la previa explotación capitalista.


No se analizará el tema específico de lo que se podría considerar como la explotación relativa del trabajo en ambas naciones, sino el asunto más amplio acerca de lo que se denomina la teoría de la explotación y que se sustenta en la teoría del valor-trabajo. Si bien hay autores como Adam Smith y David Ricardo, y luego William Thompson y Jean Charles de Sismondi, quienes, sin proponérselo como un objetivo central de sus análisis económicos, presentaron claras doctrinas acerca de la explotación del trabajo a principios del siglo XIX, fueron socialistas, como P. J. Proudhon y Johann Karl Rodbertus y Fernando Lassalle, quienes desarrollaron más sistemáticamente la teoría del valor-trabajo y de la explotación de la mano de obra hacia mediados del siglo XIX. Pero no hay duda que el mayor impacto moderno en cuanto a la teoría de la explotación se da con Karl Marx, quien consideró lo que posiblemente sea la base teórica sobre la cual descansa hoy mayoritariamente la teoría de la explotación. No omito manifestar, eso sí, que a fines del siglo XIX, Werner Sombart, economista alemán, de origen socialista quien inspiró las políticas nazis, al igual que el socialista Conrad Schmidt y Eduard Bernstein, cofundador del denominado socialismo-democrático, escribieron tesis más modernas que las de Marx en torno a la teoría de la explotación. Sin embargo, todos ellos no pudieron sobreponerse a la crítica de la teoría marxista de la explotación, formulada principalmente por el economista de la escuela de economía austriaca, Eugen von Böhm-Bawerk, y luego por la escuela marginalista moderna.


Asimismo, en la misma tradición austriaca, el economista George Reisman, acudiendo a los fundamentos de la economía clásica, critica la teoría de la explotación marxista, así como al mismo tiempo su análisis es contestatario de la que Böhm-Bawerk hizo de ésta, alrededor de un siglo atrás, precisamente porque “hay errores y confusiones en el marco conceptual de la teoría de la explotación, que asume que todo ingreso debido al desempeño del trabajo está constituido por salarios y que las utilidades son una deducción de lo que naturalmente son salarios.” (Reisman, 1998, p. 474)
La primera advertencia que debo hacer a mis lectores es que el tema no es sencillo de tratar, pero haré un esfuerzo para expresarlo de la manera más asequible posible, a fin de disipar dudas acerca de la irrelevancia actual de la teoría de la explotación del trabajo. Si estos comentarios lo logran, el autor se sentirá afortunado.


La segunda observación es que, al ser el tema no sólo algo complejo, sino que también cubre diversas aristas, mi comentario es relativamente extenso, por lo cual, de cierta manera arbitrariamente, lo iré presentando a los lectores en nueve partes, además de una introducción, de otra sección de resumen y conclusiones y finalmente una de referencias bibliográficas utilizadas en mi trabajo, en espera de que este comentario brinde una percepción amplia del problema.


Hecha esta observación introductoria, el título del punto I pretende concitar el interés acerca de la teoría del valor-trabajo. Se titula “La Teoría de la Explotación-Primera parte: La teoría del valor-trabajo”. Para que nadie se sorprenda y vaya a decir que estos comentarios van a ser acerca de cosas teóricas y no de la “realidad” de las personas o los pueblos, se usará la palabra teoría de forma tal que no nos lleve a laberintos semánticos o a disquisiciones que, por el momento, es preferible dejárselos a filósofos. En términos sencillos, el ser humano fórmula teorías como una forma de poder interpretar una realidad compleja. Cuando se hace una teoría, en cierta forma se cuestiona alguna otra explicación previa de los acontecimientos relevantes, la cual muestra errores que la nueva busca eliminar. Esta es una tarea permanente del conocimiento, cual es encontrar mejores y más satisfactorias explicaciones de la realidad. Por ello, se concluye este antecedente con la muy fructífera proposición de Karl Popper, de que las teorías científicas no son más que verdades provisionales y, por tanto, que el conocimiento avanza cuando esas verdades provisionales son reemplazadas por otras que resisten mejor la refutación.


Por tal razón, se cita a Popper:
“Tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales parten siempre de problemas: de que algo despierta nuestra admiración, como decían los filósofos griegos. Las ciencias utilizan en principio para resolver esos problemas el mismo método que emplea el sano entendimiento humano: el método de ensayo y error. Expresado con más exactitud: es el método de proponer tentativamente soluciones de nuestro problema y después eliminar las falsas soluciones como erróneas. Este método presupone que trabajamos con una pluralidad de soluciones a modo de prueba. Una solución tras otra es puesta a prueba y eliminada.” (Popper, 1995, p.17).


En los capítulos I a IV se exponen diversos aspectos teóricos modernos pertinentes a las teorías del valor-trabajo y de la explotación, de forma que se pueda tener una idea más amplia de esas conjeturas y que abran el paso a lo sustancial de este comentario, cual es la crítica a ambas teorías.
Así, en los capítulos V a VIII, el sustento de la crítica a las teorías del valor-trabajo y de la explotación, llevada a cabo por Eugen von Böhm-Bawerk, emana principalmente de cuatro de sus obras más importantes al respecto. Una de ellas es (Böhm-Bawerk, 1890); otra (Id., 1976), que es una traducción de la parte II del volumen I del libro citado inmediatamente, pero con un comentario adicional muy valioso de Joaquín Reig; su tercer libro es (Id., 1949) y la cuarta obra es (Id., 1962).
En el capítulo IX, titulado “Crítica de Reisman a la Teoría de la Explotación,” se desarrolla su posición contenida en su principal obra (Reisman, 1998) y, del mismo autor, su ensayo en (Id., 1984).

I: La teoría del valor-trabajo

Con el objetivo de entender la teoría de explotación, modernamente asociada con Carlos Marx, es necesario explicar lo que se conoce como la teoría del valor-trabajo. Esto es, que el valor de un bien o servicio está determinado por el trabajo que se incorpora en su producción.
La teoría del valor-trabajo no es original de Carlos Marx. Más bien su prosapia se encuentra en dos connotados economistas clásicos; uno de ellos, el padre de la Economía, Adam Smith, quien la desarrolla en su obra más conocida, La Riqueza de las Naciones escrita a fines del siglo XVIII y el otro, David Ricardo, economista inglés igualmente connotado y posterior a Adam Smith en unos cincuenta años. Ricardo desarrolla sus conceptos sobre el valor de las mercancías como determinado por el trabajo en su libro Principios de Economía Política y Tributación, escrito en 1817.


Escribe Adam Smith, “...el valor de una mercadería, con respecto a la persona que la posee, y que o no ha de usarla, o no puede consumirla, sin cambiarla por otras mercaderías, es igual a la cantidad de trabajo ajeno que con ella queda habilitado a granjear. El trabajo, pues, es la medida o mesura real del valor permutable de toda mercadería.” (Smith, 1986, p.71). Y agrega luego: “En todo tiempo y en todo lugar, lo más caro realmente es lo que cuesta más trabajo adquirir, y lo más barato lo que se adquiere con más facilidad y menos trabajo. Éste, pues, como que nunca varía en su valor propio e intrínseco, es el único precio, último real y estable, por el cual deben estimarse y con el cual deben compararse los valores de las mercancías en todo tiempo y lugar. Este es un precio real, y el de la moneda precio nominal solamente.” (Smith, 1986, p. 74).


Prosigue Smith: “Parece pues, evidente, que el trabajo es la mesura universal y más exacta del valor, la única regla segura, o cierto precio, con que debemos comparar y medir los valores diferentes de las mercaderías entre sí en todo tiempo y lugar. (Smith, 1986 p. 78) y añade, “El valor real de todas las distintas partes componentes del precio de las cosas, viene, de esta suerte, a medirse por la cantidad de trabajo ajeno que cada uno de ellos puede adquirir, o para cuya adquisición habilita al dueño de la cosa”. (Smith, 1986, p. 93).


Por su parte, David Ricardo amplía la concepción original de Adam Smith y expone que el valor de cambio de las cosas está determinado no por el trabajo en sí, sino por aquél que se incorpora, que es necesario, en la producción del bien. A ella se le conoce como la teoría del valor-trabajo incorporado, que fue la que básicamente utilizó Marx para el desarrollo de su teoría de la explotación.
Expone Ricardo que “El valor de un producto, o la cantidad de cualquier otro producto por el cual se intercambia, depende de la cantidad relativa de trabajo que sea necesario para su producción, y no de la mayor o menor compensación que se paga por su trabajo.” (Ricardo, 1817, p. 1). Las palabras en letra cursiva son del autor.


Continúa Ricardo: “La utilidad no es una medida del valor de intercambio, aunque es absolutamente esencial para él. Si un bien no fuera útil -en otras palabras, si no contribuyera de alguna manera a nuestra gratificación,- carecería de valor de intercambio, no importando lo escaso que sea o cualquiera sea la cantidad de trabajo necesaria para obtenerlo.” (Ricardo, 1817, p. 3).
De seguido se plantea el problema del valor que se formularon los economistas clásicos y Marx, y que también había estado presente en discusiones de estudiosos de la economía de la antigüedad y de la Edad Media. Adam Smith expuso su concepción del valor de la siguiente manera:
“Debe notarse que la palabra valor tiene dos distintas inteligencias; porque a veces significa la utilidad de algún objeto particular, y otras aquella de aptitud o poder que tiene para cambiarse por otros bienes a voluntad del que posee la cosa. El primero podemos llamarlo valor de utilidad (o valor de uso), y el segundo, valor de cambio. Muchas cosas que tiene más del de utilidad (o de uso) suelen tener menos del de cambio y, por el contrario, a veces las que tienen más de éste tienen muy poco o ninguno del otro. No hay una cosa más útil que el agua y apenas con ella se podrá comprar otra alguna, ni habrá cosa que pueda darse por ella a cambio; por el contrario, un diamante apenas tiene valor intrínseco de utilidad (de uso) y, por lo común, pueden permutarse por él muchos bienes de gran valor”. (Smith, 1985, p. 69). La expresión valor de utilidad como “valor de uso”, entre paréntesis en el texto, es del autor.
Esta es la famosa paradoja del valor, en donde se presenta una discordia entre el valor de uso y el valor de cambio. El valor de uso es la utilidad que se obtiene al consumir un bien, dada la capacidad que tiene éste de satisfacer deseos y necesidades humanas. A su vez, el valor de cambio es aquél que determina cuánto se debe dar de un producto para obtener una unidad del otro. Para Adam Smith, el concepto importante para la economía política es el valor de cambio y no el de uso. Para él lo que determina el valor de una mercancía es la cantidad de trabajo invertido en su producción. El trabajo es la medida del valor.


Smith considera que el trabajo, como determinante del valor, es más propio de sociedades pre-capitalistas, que de sociedades más desarrolladas, en las cuales tanto el capital como la tierra son factores que influyen en el valor de una mercancía. De hecho, Smith en su obra se dedica a explicar el valor de cambio (o precios relativos) y no el valor de uso. Se refiere al concepto de precio natural de un bien, en el cual no sólo el trabajo sino también la renta de la tierra y la ganancia forman parte del costo. El precio natural es aquel que permite el pago de la renta de la tierra, la ganancia del capital y, por supuesto, el salario de los trabajadores.


Marx, por su parte, consideró que, para que dos cosas fueran objeto de intercambio, es porque deberían tener el mismo valor, pues nadie cambiaría un bien que fuera de mayor valor por otro que tuviera un valor inferior. Partiendo de esta idea, plantea ¿cuál puede ser el elemento común que permite, bajo un intercambio, que éste se lleve a cabo? Ello lo menciona en su obra El Capital, en donde señala que “dejando a un lado el valor de uso de las mercancías, sólo queda a las mismas una cualidad (común), la de ser productos del trabajo… Las mercancías que contienen cantidades de trabajo iguales o pueden ser producidas en el mismo tiempo, tienen el mismo valor”. (Citado en el prólogo al libro de Eugen von Böhm-Bawerk, 1976, p. 13.) Eso es, los bienes en donde se ha incorporado trabajo son los que tienen valor; es el trabajo socialmente incorporado.
Para Marx el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo usado en su producción. De acuerdo con Marx, “con el carácter útil de los productos del trabajo desaparece el carácter útil de los trabajos representados por ellos y desaparecen también, por tanto, las diversas formas concretas de estos trabajos; ya no se diferencian entre sí, sino que se reducen todos ellos al mismo trabajo humano, a trabajo humano abstracto… Lo único que queda en pie de ellos es la misma objetividad espectral, simples cristalizaciones de trabajo humano indistinto, es decir, de inversión de la fuerza humana de trabajo, cualquiera que sea la forma en que se haya invertido… Considerados como cristalización de esta sustancia social común a ellos, son valores.” (Citado en Íd., p.p. 150-151).

 

Por lo tanto, al ser el trabajo lo que determina el valor, su medida será la cantidad de “trabajo socialmente necesario” [1]; esto es, el tiempo de trabajo socialmente necesario que se incorporó para la producción de un valor de uso. Aquellas mercancías que contienen igual cantidad de trabajo incorporado, tienen la misma dimensión de valor. El valor de una mercancía guarda, con respecto al valor de otra, la misma proporción que el trabajo socialmente necesario que se ha incorporado en cada una de ellas. Simplemente, el valor de una mercancía es determinado por el trabajo que se ha cristalizado en producirlas.


Es oportuno resaltar el comentario que hace David Gordon acerca de este tema, al señalar, partiendo de la opinión de Marx acerca del valor, que “La teoría del valor-trabajo se aplica al trabajo. Tal como con otras mercancías, el precio del trabajo; i.e., los salarios que reciben los trabajadores están determinado por el valor-trabajo del trabajo. Esto al principio suena como una expresión imposible, al igual que no tiene sentido decir ‘la longitud en pies de un pie’. ¿Cómo puede tener un valor el estándar de valor en sí mismo? Pero, en opinión de Marx, las apariencias son engañosas. Podemos hallar un valor-trabajo para el trabajador: éste es el tiempo laboral requerido para producirlo. Puesto de manera más sencilla, el valor del trabajo es el costo de vida para el trabajador, determinado por lo que sea que una sociedad considera como lo necesario para vivir.” Gordon añade luego: “Un empleador-capitalista le paga su precio al trabajo, i.e., su valor-trabajo…Por este precio, el empleador obtiene lo que el trabajador puede producir durante el tiempo que trabaja. En la fórmula de Marx, el capitalista adquiere el poder del trabajo pero paga tan sólo por el trabajo. La diferencia entre ambos es la plusvalía, la fuente de las rentas, intereses y de las utilidades. Esta tasa de plusvalía Marx la llama también la tasa de explotación.” (Gordon, 1993), p. 35).


Este concepto de plusvalía -tan importante para Marx- se desarrollará ulteriormente y con mayor amplitud en el capítulo IV de este comentario, pero antes se procederá al capítulo II, titulado “El Intercambio,” que nos permitirá explicar las razones por las cuales los individuos llevan a cabo el intercambio de bienes y servicios y la consecuente especialización en la producción, a fin de intercambiar más eficientemente aquellas cosas.

II: El intercambio

Se empezará por tratar de explicar algo que va a parecer cajonero, cual es la razón por las cuales las personas intercambian bienes y servicios, ya sea mediando el dinero o sin que participe éste, en lo que se conoce como trueque. El principio es básicamente el mismo, ya medie el dinero o no. Sin embargo, a pesar de que ello aparentemente se explica con facilidad, los economistas por muchos años discutieron acerca de la razón por la cual el ser humano intercambiaba bienes, por el simple hecho de que, de alguna manera, eso implicaba que quienes participaban en el intercambio realizan una apreciación del valor de cada bien, a fin de proceder al intercambio. Al mencionar la palabra “valor”, el asunto se complicó para los primeros economistas, pues requería señalar qué significa valor para quienes intercambiaban bienes y cómo es que hacían esa valoración.
El intercambio de bienes -ya sea por otros bienes o de bienes por dinero o de dinero por bienes- se lleva a cabo en tanto favorezca a las partes que intervienen en dicho intercambio. Esto es, porque desde una posición inicial en donde no había intercambio, los individuos consideran que, después de éste, estarán en una posición mejor, más satisfactoria.


Cuando, por ejemplo, se va a la feria del agricultor [2] y se adquieren con mil colones, dos kilos de mango, es porque se valoran más esos dos kilos de mangos, que los mil colones que se pagan por ellos. De no ser así, no se efectuaría dicho intercambio. Igual sucede con la otra parte. Si la vendedora de mangos no valora más los mil pesos que se le entregan a cambio de los dos kilos de mangos de ella, entonces no los vendería y se queda con los frutos (posiblemente esperando que alguien más se los compre en un monto mayor a los mil colones que se le han ofrecido.) Si ella valora más los mil colones que se le dan a cambio de los dos kilos de mango, entonces, se quedará ella con el dinero y el otro con los mangos. Podrá verse que, después de efectuada la transacción entre las partes, la vendedora verá aumentar su satisfacción, quedándose con los mil colones, y el comprador aumentará la suya, quedándose con los dos kilos de mangos que antes no tenía. Ambos han ganado con el intercambio.


En el análisis anterior medió el dinero -en su función facilitadora del cambio- pero hubiera sido lo mismo en el caso de trueque, en donde, por ejemplo, alguien podría dar servicios como economista a cambio de los mangos y viceversa. Evidentemente, en tal caso es más difícil llevar a cabo la transacción por el tipo de bienes involucrados y, por ende, la necesidad de que el bien que está dispuesto a ofrecer (servicios de economista), debe ser el mismo producto que la otra persona desea y al contrario con el otro bien, los mangos. Pero, si la transacción se lleva a cabo libremente, es porque ambos ganan con ella, que es lo que se desea destacar.


¿Cuál es el problema que tiene la teoría del valor-trabajo para explicar el intercambio? (Recuérdese, que, según aquella, el valor de un bien está determinado por la cantidad de trabajo productivo que se incorpora en él). Pues que no podría explicar por qué se intercambiarían dos bienes que poseen un mismo monto de trabajo incorporado; es decir, dos bienes cuyo valor es el mismo, de acuerdo con la teoría del valor-trabajo.


Véase el siguiente ejemplo simplificado. Dos personas (1) y (2), poseen distintos bienes (a) y (b). (1) tiene el bien (b); supóngase que es un mango y (2) tiene el bien (a); supóngase que se trata de una pintura. Pero (a) tiene un “quantum” -como diría un marxista- mayor de trabajo que el bien (b) (esto es, un mayor trabajo incorporado). Supóngase ahora que la persona (1) es un gran aficionado a coleccionar pinturas y que le encanta la que está pensando en comprarle a (2). Esto es, (1) ansía comprar (a); valora más a (a) y está dispuesto a venderlo a cambio de (b). Suponga, para entender el proceso de intercambio, que la persona (2), el pintor, tiene mucha hambre y está deseoso de tener un mango para comer y, por lo tanto, prefiere el mango (b) a cambio de su pintura (a). El problema anterior se resuelve si (1) y (2) intercambian su mango y su pintura respectivamente (la proporción no importa, sino el proceso). Ambos incrementan su satisfacción. Si no fuera así, la transacción libre no se hubiera realizado.


Pero, aquí viene lo importante e interesante: si el valor estuviera dado por el trabajo incorporado, entonces, (2) estaría cediendo mucho más valor-trabajo (recuerde que la pintura (a) tiene mucho trabajo incorporado) en comparación con el que recibe (1), el manguero. Y, a su vez, (1) estaría entregando poco valor-trabajo (el mango) a cambio del mucho mayor valor-trabajo que posee la pintura.
Aquí fue cuando, frente a Marx y todos los clásicos anteriores a él, como Smith o Ricardo, surge la moderna teoría el valor, la cual señala que éste surge, no por lo que objetivamente se incorpora en un bien (por ejemplo, trabajo o cualquier otro elemento del costo de producción), sino por lo que, subjetivamente, valora el individuo que participa de ese intercambio.


Los nuevos economistas -William Stanley Jevons, en Inglaterra, Leon Walras, en Francia y Carl Menger, en Austria- desarrollaron en el último cuarto del siglo XIX la teoría de la utilidad marginal, que, en criterio de Jack High, de la escuela de negocios de la Universidad de Harvard, “Excepto por la ‘mano invisible’ de Adam Smith -o de su equivalente moderno, el equilibrio- la utilidad marginal es tal vez la idea más revolucionaria en la historia de la economía”. (High, 1994), p. 87.)


Siguiendo la idea desarrollada por su antecesor de la escuela de economía austriaca, Eugen von Böhm-Bawerk, quien a su vez fue partidario de Carl Menger, desarrollador primigenio de la teoría de la utilidad marginal, en su libro La Acción Humana, Ludwig von Mises expone claramente la razón por la cual los individuos llevan a cabo el intercambio de bienes, contradiciendo la creencia marxista de que el intercambio se basaba en que hubiera una igualdad de valor entre los bienes intercambiados (como la consideraba el marxismo, tomando como base la teoría del valor-trabajo).


Escribe Mises:
“Inveterado y craso error era el suponer que los bienes o servicios objeto del intercambio habrían de tener entre sí el mismo valor. Considerábase al valor como una cualidad objetiva, intrínseca, inherente a las cosas (la teoría del valor-trabajo, por ejemplo), sin advertir que el valor no es más que el mero reflejo del ansia con que el sujeto aspira al bien que le apetece. Supóngase que, mediante un acto de medición, las gentes establecían el valor de los bienes y servicios, procediendo luego a intercambiarlos por otros bienes o servicios de igual valor. Esta falsa base de partida hizo estéril el pensamiento económico de Aristóteles, así como, durante casi dos mil años, el de todos aquellos que tenían por definitivas las ideas aristotélicas. Perturbó gravemente la obra de los economistas clásicos y vino a privar de todo interés científico los trabajos de sus epígonos, especialmente los de Marx y las escuelas marxistas. La economía moderna se basa en la cognición de que surge el trueque precisamente a causa del dispar valor por las partes atribuido a los objetos intercambiados.” (Mises, p.p. 203-204). El texto entre paréntesis es del autor del artículo.


Precisamente, el intercambio surge porque existe una divergencia entre las valoraciones que hacen los individuos de los distintos bienes intercambiables. Eso va en contrario de lo que afirmaba Marx, que las mercancías se intercambian en proporción al trabajo materializado en ellas. Esto es lo que Marx denomina como la “ley eterna del cambio de mercancías”; es decir, “que las mercancías se cambian entre sí con arreglo a la proporción del trabajo medio socialmente necesario materializado en ellas (por ejemplo en el tomo I de El Capital, segunda edición de 1872, p. 52). Otras formas de expresión de esta misma ley son que las mercancías ‘se cambian por sus valores’ (por ejemplo, Tomo I de El Capital, p.p. 142 y 183 y el Tomo III de El Capital, edición de 1894, p. 167) o que ‘se cambian equivalentes por equivalentes (por ejemplo, Tomo I de El Capital, p.p. 150 y 183).’ (Las referencias de El Capital, Tomos I y III, son tomadas de Eugen von Böhm-Bawerk, Op. Cit., p. 152).


En resumen, el intercambio tiene lugar tan sólo si cada una de las dos personas que en él participa valora más lo que logra, en comparación con lo que ha tenido que dar a cambio. No hay una igualdad en el intercambio. Por ejemplo, supóngase que se trata de una pintura que tiene mayor valor (trabajo) a cambio de un mango, que se puede suponer que tiene un menor valor (trabajo). Esto es, que el valor del trabajo socialmente necesario incorporado en la producción de una pintura sea de 10 veces el valor-trabajo que se incorpora en producir un mango; esto es, que se intercambiarían 10 mangos por una pintura.


El intercambio se da porque un individuo valora más una pintura que 10 mangos, en tanto que el otro, con el cual intercambia, valora menos esa relación. No es una identidad en el valor-trabajo, como lo creía Marx, sino una desigualdad en las preferencias individuales lo que ocasiona el intercambio. Es por una valoración diferente que cada individuo hace de la relación 1 de 10 de valor-trabajo (10 mangos por una pintura).


Así lo explica David Gordon:
“Marx asumió que un intercambio es una igualdad… (en mi ejemplo previo, que una pintura se iguala a diez mangos). En un fuerte contraste, bajo el punto de vista de la escuela austriaca, un intercambio se da tan sólo si hay una doble desigualdad: cada persona debe valorar más aquello que gana u obtiene, que lo que cede o entrega o pierde a cambio. Este punto de vista me parece de gran alcance en cuanto a su importancia. Expone un supuesto de la economía clásica, el cual, una vez cuestionado por los austriacos, surge como la plena reversión de lo evidente. ¿Por qué ha de ser el intercambio una igualdad? Ni Marx, ni ningún otro defensor de la teoría del valor-trabajo, le han dado una explicación del porqué de dicho supuesto. (David Gordon, 1993, p. 36). Las palabras en letra cursiva son de Gordon. El texto entre paréntesis es del autor del artículo).


Carlos Marx, dice (Tomo III de El Capital, p. 185), en palabras de Böhm-Bawerk, que
"Es cierto que las distintas mercancías se cambian unas veces por más de su valor y otras veces por menos, pero estas divergencias se compensan o destruyen mutuamente, de tal modo que, tomadas todas las mercancías cambiadas en su conjunto, la suma de los precios pagados es siempre igual a la suma de sus valores. De este modo, si nos fijamos en la totalidad de las ramas de producción tenemos que la ley del valor se impone como 'tendencia dominante.’" (Eugen von Böhm-Bawerk, 1949, p. 33).
La demoledora crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor marxista, que, arreglada con respecto a la que presentó en su volumen I, aparece ahora en su volumen III de El Capital y que está en contradicción con lo que escribió en su primer volumen, consiste en que:


“Y es evidente que sólo puede hablarse de una relación de cambio cuando se cambian entre sí distintas mercancías. Tan pronto como se toman todas las mercancías en su conjunto y se suman sus precios, se prescinde forzosamente de la relación existente dentro de esa totalidad. Las diferencias relativas de los precios entre las distintas mercancías se compensan en la suma total… Es exactamente lo mismo que si a quien preguntara con cuantos minutos o segundos de diferencia ha llegado a la meta el campeón de una carrera con respecto a los otros corredores se le contestara que todos los corredores juntos han empleado veinticinco minutos y treinta segundos… Por ese mismo procedimiento podría comprobarse cualquier ‘ley’, por absurda que fuera…” (Böhm-Bawerk, 1976, p.p. 207-209).
Seguidamente se procederá en el punto siguiente a exponer algunos aspectos esenciales de lo que se conoce como la teoría de la utilidad marginal, que explica mejor el concepto de valor.